
El reciente encuentro en la ciudad de Formosa del V Crisol sobre el software libre me hizo recordar al anterior período en el que los usuarios teníamos libertad sobre el producto adquirido y, por tanto, una vez obtenido podía ser usado, copiado, estudiado, cambiado y redistribuido sin condicionamientos comerciales.
Como dije en alguna nota anterior, en los primeros tiempos todos teníamos que programar para utilizar las computadoras y así íbamos formando nuestros “paquetes de software”.
Todos éramos freelancers. Así, los electricistas tenían sus cálculos de tableros y motores, los matemáticos sus paquetes estadísticos y por nuestro lado juntábamos los cálculos de variables operativas, la caída de presión en cañerías y los chequeos de intercambiadores y hornos. Uno programaba algo y lo intercambiaba con otros colegas que a su vez habían estado trabajando en áreas similares.
Quienes trabajaban en administración y contaduría de las empresas hacían paquetes sobre “como copiar”, “como imprimir” o “como guardar”. A los de las “ciencias duras” nos parecía que su tarea era por demás ridícula y no podíamos esperar otra cosa de los sectores burocráticos de las compañías.
Hasta que a alguno se le ocurrió juntar todo y a otro se le ocurrió adquirirlo (algunas leyendas dicen que se lo robó, otras que lo engañó) y ponerle una marca.
Y así terminó la época del software libre. Porque cada vez que tuvimos que calcular algo teníamos que adquirir o comprar el software con su cajita, su disco y sus instrucciones. Recuerdo una compra de Autocad por 10.000 dólares que venía en una caja tamaño zapatería. Y comenzó la época del pirateo y las compañías dueñas del software implementaron medidas para evitarlo. Una compañía de simulación de procesos industriales vendía su producto con parte del software incluido en el “enchufe”, abuelo del actual Pen Drive.
De esta forma, la empresa que suministra el software propietario tiene la “sartén por el mango”, convirtiendo a las empresas (que no pueden piratear) en rehenes obligados a actualizar el software cuando el proveedor decida (pagando las consiguientes licencias, por supuesto).
Es por eso que me alegró la noticia de que nuestro país eligió utilizar software libre para el proceso de confección de los nuevos DNI. Es, sin duda, un gran paso en pos de la soberanía tecnológica.
En la reciente reunión en Formosa estuvo el Ministro del Tribunal de Justicia de esa provincia, el Doctor Ariel Coll, quien sobre el tema ha dicho: “Sostenemos firmemente que las herramientas del conocimiento y la tecnología como ciencia aplicada, deben estar al servicio del pueblo. La apropiación de las mismas y su encriptación, alejando a la gran masa de usuarios de su utilización libre, subordina la tecnología a los propósitos de una minoría, sumiendo a las mayorías en una dependencia tecnológica hacia la primera”.
No podría haber encontrado mejores palabras para expresar mis sentimientos acerca del software comercial y las obligaciones de actualización. “Cambió la norma” es en nuestra familia un viejo chiste que recuerda mis intentos de no innovar, cuando sigo necesitando las mismas herramientas para hacer las mismas cosas.
Quienes vivimos los aires del viejo software libre, de seguro estaremos contentos con los nuevos vientos y los viejos aromas que garantizan la apropiación, la colaboración y el desarrollo colectivo de las tecnologías informáticas.


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